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La infancia

Fíjate en ese niño,
¡cómo provoca!
Moja con su lengua
tu triste realidad,
la moldea en figuritas
de peces o de soles
y te la da,
para que la rompas con sus lágrimas.

El banco de mierda

Bien sabía que no era lluvia lo que mojaba la rugosa pared del edificio, pero tenía la suerte de que una pesada tormenta descargara su furia sobre la ciudad y confundiera las lágrimas con el agua que caía del cielo. Su tristeza era inconsolable. Cuando notaba que el salado caudal se calmaba ligeramente hacía un intento titánico por erradicarlo del todo, pero era en vano. Cada tentativa que buscara remitir el llanto tenía un efecto contrario, lo aumentaba. Y las lágrimas recorrían toda su fachada neoclásica para mezclarse con las riadas marrones que la lluvia llevaba calle abajo.

-Es ridículo -pensaba con razón- que un banco llore. De una caja lo entendería, pero un banco… Somos símbolo de fortaleza. Somos el cimiento crediticio de la sólida sociedad occidental sobre el que se sostienen los poderes. Somos la esencia de la democracia. Somos los custodios del dinero. Poderosos e indiscutibles. Nos temen y nos desean.

Todas estas razones se decía para convencerse, pero el recuerdo de lo que había escuchado esa mañana era más fuerte que sus argumentos y alimentaban el manantial que caía por toda su fachada.

-Si alguien se enterara -seguía pensando- me convertiría en el hazmerreír de los mercados y de los bancos centrales. ¿Quién querría la deuda de un banco triste y débil? -se preguntó.

En esas andaba. Dándole vueltas a la terrible noticia y a sus funestas consecuencias. La leyó en los periódicos que colgaban de la tienda de la esquina esa mañana. El gobierno había decidido crear un banco malo. Y cada vez que la palabra “malo” le volvía a la cabeza, otra catarata se escapaba de sus ventanas y desagües.

-¡Qué insensatez! -volvió a pensar-. Un banco ni es bueno, ni malo. Un banco es. Se rige por sus normas y estatutos. Por las leyes establecidas. Si no les gustan tendrán que adaptarse. No pretenderán que les prestemos dinero, que cedamos parte de nuestra alma, así por así.

Y detrás de toda esa rabia el banco escondía una duda que no se atrevía a preguntarse. Lo atemorizaba la posibilidad, por descarte, de que si el otro era un banco malo, él sería, irremediablemente, un banco bueno. La idea, que su desesperación cristalizaba en realidad palpable, lo desmoronaba en lágrimas de tristeza e impotencia. Quisiera arrancarse de esa calle y rodear el congreso con el resto de bancos buenos para pedir explicaciones.

-Un banco bueno -pensaba-. Tendré que moderar mis beneficios. Nada de invertir en armas ni en narcotráfico que tanto margen nos da. Tampoco podremos flirtear con los paraísos fiscales sino ser fieles a los infiernos impositivos. Se acabó la usura. Las subastas con amigos. Ahora me tendré que dedicar, exclusivamente, a prestar dinero a un interés impuesto a toda esa gente ordinaria, vil, sucia. Insectos que no son capaces de guardar su propia nómina. Que se pasan toda su vida en rojo. Pusilánimes y cobardes seres incapaces de invertir en bolsa. Todo el día pidiendo tarjetas y créditos que después no pueden pagar. Desagradecidos que sin nosotros nunca tendrían nada. Vienen aquí suplicando y, cuando no pueden pagar, pretenden zanjar su deuda con el bien hipotecado. Insensatos. Simples mortales.

Seguía enfadándose y entristeciéndose cada vez más, cuando, de repente, sintió que se vaciaba. Que liberaba peso innecesario sin esfuerzo. Que se limpiaba. Era una sensación placentera. Cada vez estaba más ligero. Más ágil. Y en ese momento lo entendió todo. Se iluminó toda su fachada para sorpresa de los transeúntes. Se rió para sus adentros que era de la única forma en que sabía hacerlo.

-Un banco malo es un retrete -gritaba en sus pensamientos, divertido-. Una letrina en la que defecar el exceso de los buenos tiempos, el empacho, el hartazgo de ladrillo malsano. Un banco malo es un banco de mierda -pensó y rió el chiste, también malo.

A la vez que sus lágrimas se secaban, la tranquilidad llegaba a los cielos de la ciudad y a su vientre impoluto.

La Europa de la Paz

Parece una burla más
que justo el doce de octubre
algún jurado elucubre
que en Europa está la Paz.
Será que lleva antifaz,
será que olvidó la historia
pero queda en la memoria
que aquí se inventó la muerte
que aquí siempre gana el fuerte
que aquí se compra la gloria.

Lo delirios mañaneros de Wert

Se levantó y se dirigió al baño. Caminaba soñoliento atravesando la silenciosa penumbra del pasillo. Entró y encendió la luz. Enfrente, la cara se encontró con su propio reflejo. Redonda como una pelota y sin un solo pelo estaba hinchada por las horas de sueño. Donde más se apreciaba era en sus ojos pequeñitos que no querían enfrentarse a la luz artificial del baño y se refugiaban detrás de las abultadas ojeras. A mitad del rostro, la nariz señalaba el espejo. Debajo se abría la boca, las marcas blancas en la comisura así como la pastosa dificultad para separar los labios, también denotaban el sueño profundo que lo iba abandonando. El conjunto era una cara ajada, pasada de fecha, descatalogada. Pero él la veía luminosa, todas las mañanas veía su calva recorrida por una corona de laurel, su cuello flácido rodeado por collares de oro y su cuerpo cubierto con una toga de ribetes dorados. En pleno delirio imperial levantó su mano con el dedo índice y corazón extendidos y dijo:

-Id y españolizad.

Décima a Elena.

Entraste serena y calma
igual que la lluvia buena
que empapa y quita la pena
a la tierra y a aún al alma.
Igual que el viento a la palma
agitaste mi existencia
me vaciaste de ausencia
me llenaste de color.
Si definiese al amor
bastaría con tu esencia.

Polvo eres. Cuento.

El día empezó áspero. Era tan diferente al anterior que parecían días de distinto padre. Es verdad que en estas islas están acostumbrados a que el aire llegue repleto de tierra y calor pero, antes de aparecer, se presiente. En cambio, cuando se quedó dormido la noche estaba serena y suave. Era una noche sedosa, llena de caricias sopladas por las pocas nubes que había en el cielo. Mientras seguía pensando en lo inescrutable que es la naturaleza, recordó el atardecer que precedió a la noche y sintió que todo encajaba. Recordó la impresión que le produjo aquella bóveda enorme llena de rojos intensos y ocres encendidos. Le pareció una despedida, pero sin tristeza, sin resignación, sino enérgica, llena de vida. No llegó a ninguna conclusión pero después de estas reflexiones, la mañana de calima calurosa, de una calima que por lo densa parecía intransitable, dejó de sorprenderlo.

            Vivía en el campanario de la iglesia del Espíritu Santo, en la ciudad alta, desde hacía un año. Fue el día en que descubrió que los sentimientos de verdad, los que duelen, no están en el corazón –ahí gritan los superficiales–, sino en los riñones, que todo lo sostienen. Lo descubrió porque ese mismo día murió su mujer y a él se le paró uno de los dos. Se le quedó petrificado de pena. Se detuvo y se entregó a la necrosis como una ofrenda a la muerte. En cambio, su corazón siguió latiendo vivaracho, con más intensidad, ajeno a la tiniebla que lo rodeaba. Ese día también decidió que no se quitaría el riñón inútil sino que moriría cuando le infectase la sangre y, mientras tanto, iba a establecerse en el campanario porque imaginó que un espíritu tiene que ser menos denso que el aire, y calculando alturas decidió que lo más cercano a las almas sin cuerpo sería aquella torre. Una vez descubrió el sitio idóneo, dejó su trabajo y se retiró a su nuevo hogar. Llegó una noche de luna nueva y, sin que nadie lo viera, se estableció. Como era un hombre de costumbres austeras se acomodó enseguida a la vida eclesiástica. Para comer no tenía problema, entre el millo que le robaba a las palomas con el que de vez en cuando se hacía algunas roscas, y el pan y el vino que religiosamente comía en la iglesia a las siete y a las nueve, se sentía satisfecho. El cura, ajeno a la realidad, lo tenía por un señor profundamente devoto ya que no faltaba a ninguna misa. Y como nunca roncaba mientras dormía, lo creía hombre de introspección y de hondas convicciones. Lo que no se imaginaba el párroco es que, aparte de la cabezadita durante la homilía de las nueve, también pernoctaba algunos metros por encima de su casa. Nunca se dormía, en cambio, durante las catequesis de doña Ana, a la que él llamaba Ana, una señora que siempre vestía de blanco, una mujer luminosa. Él la miraba mientras hablaba con los jóvenes sobre Jesús y el Nuevo Testamento pero ella no sabía de su existencia. Los lunes, miércoles y viernes a las cinco, se asomaba a verla y escucharla. Incluso a desearla, si eso no perturbara el recuerdo de su mujer.

            Esa mañana, el calor lo apretaba contra el suelo y no lo dejaba pensar. Así que, como a esa hora no había nadie en el templo, bajó y se lavó la cara con el agua que estaba a la entrada de la iglesia, en una pila de piedra. “Cuánto pesa la bendición”, pensó, porque desde pequeño el agua bendita le pareció más densa de lo normal. Volvió a su torre con paso cansino, golpeado por el aire cálido y, al asomarse al campanario, casi no podía ver a lo lejos. La calima lo confundía todo, distorsionaba las figuras, pero también era ecuánime como la muerte, e imaginó que estar muerto tenía que ser algo así, pero sin calor. Aunque rápidamente cambió de opinión porque no se imaginaba a su mujer perdida en un mundo sin contornos y a él buscándola entre lo indefinido. A pesar de que intentó quitárselo de la cabeza, la duda lo invadió y se quedó dándole vueltas al asunto aunque sin encontrar ninguna solución.

            Llegó la noche pero no disminuyó la intensidad del calor. La sábana se convirtió en una masa viscosa y caliente que se le pegaba a todo el cuerpo. Se movía de un lado a otro, buscando una postura fresca y relajada, pero no era posible, no podía conciliar el sueño. Intentó, como hacía otras noches, hablar con su mujer, pero el polvo en suspensión y la pesada canícula no le permitían concentrarse para dirigirse a ella. Cansado de la tortura, decidió darse una vuelta por la azotea de la iglesia. Nunca lo había hecho de madrugada. Había luna llena, o eso creía, por la difuminada claridad que atravesaba las motas de tierra o de arena. Iba deambulando, sin pensar en casi nada, cuando encontró la ventana del dormitorio del cura abierta y a este durmiendo. Se acercó y escuchó que hablaba en voz alta. Siguió mirando por la ventana mientras se sentaba en el alféizar y dijo:

–Ave María Purísima.

–Sin pecado concebida –contestó el cura con una sonrisa burlona, acostumbrado como estaba a que nadie viera su cara detrás de la celosía del confesionario.

            Y dado que el sacerdote respondió, se le ocurrió lanzarle una pregunta sobre la duda que lo atormentaba esa tarde.

–Padre, ¿cómo es el Reino de los Cielos? –clamó solemnemente pero sin levantar en exceso la voz.

            El silencio se suspendió unos segundos sobre sus cabezas. Después, el cura habló:

–Eres tú de nuevo, Espíritu Santo, el que hablas conmigo e intentas confundirme con esas preguntas. Tratas de quebrantar mi fe. Hurgas en mis debilidades. Quieres que mis dudas revienten mis creencias. Pero no lo vas a conseguir. El Reino de los Cielos, lo sabes bien, es como la imagen del trigo y la cizaña, tú mismo lo decías encarnado en Jesús.

            Interesado en la historia del trigo y la cizaña, siguió tirando del hilo. Para no sobresaltar al párroco y su sueño, intentó imitar la voz del Espíritu Santo. Ahuecó la boca y volvió a preguntar:

–No me vale con eso. Quiero que me expliques por qué el Reino de los Cielos es como el trigo y la cizaña.

–No sigas por ahí –suplicó el cura.

–Lo necesito –pidió desde la ventana.

–Ah, te reconozco, Lengua de Fuego. Sí, yo soy la cizaña y acabaré quemado en el infierno junto a los de mi especie. No seré como el trigo, no seré una buena cosecha que alcance tu Reino. ¿Por qué nos hiciste débiles? ¿Por qué me atormentas?  –exclamó el cura cambiando de postura y dando la espalda a la ventana.

            Desde la ventana decidió que era suficiente, que aquel hombre no se merecía sufrir tanto, ya que él solo quería resolver su duda y no atormentar a nadie, claro que él no sabía lo que querría el Espíritu Santo pero en esas cuestiones prefirió no meterse. Sin darle más vuelta a este último pensamiento se despidió diciendo:

–Descansa en paz.

            Después de la misteriosa conversación con el cura dormido, a él también le apeteció descansar. Para su sorpresa ya la calima no le parecía una sopa caliente de tierra en la que nadar, sino un lecho arenoso que acariciaba dulcemente su cara y su cuerpo, así, reconfortado por lo que antes lo atormentaba, consiguió quedarse dormido.

            De inmediato cayó hondo en su sueño, y soñando se levantó de la cama. La calima ya no era áspera sino azucarada. Se transformó en una tenue capa que matizaba la realidad. Como hipnotizado se acercó al borde del campanario y le pareció ver, o soñar, a su mujer enfrente. Avanzó sin miedo al abismo y siguió caminando soportado por el aire, lo notaba presionando sus pies. Se acercó a su soñada mujer, pero no consiguió traspasar la cortina terrosa que los separaba. Ella lo miraba. Sus ojos eran lagos enormes, inabarcables, él perdía su mirada y su cuerpo en ellos. Sentía que lo atraían como antaño, cuando una mirada suya bastaba para sanarlo. Una profunda tristeza soñada lo invadió. A la misma vez una intuición, también soñada, lo convencía de que aquello era un recuerdo. Y entendió que fue la romántica calima la que extrajo de su inconsciente la difuminada imagen de la persona a la que amaba hasta la muerte, para dibujarla en el sueño.

            El aire caliente volvió a su estado natural al amanecer. Era, de nuevo, una mano dañina que introducía los dedos por todos los agujeros del cuerpo. Parecía que se hubiese abierto el horno del que el panadero extrae el pan. Se limpió la cara, las legañas que cerraban sus ojos no eran producto de una noche sosegada, sino de lágrimas de pena cristalizadas en la comisura de sus ojos. El sueño y la conversación con el cura lo empujaron a un estado de melancolía que no quería permitirse y empezó a cantar. Su método surtió efecto, ya se sentía mejor, aunque en su fuero interno sabía lo que ocurriría.

            Llegó la tarde y bajó a misa de siete. Esta vez no solo lo hacía por la comida sino por el fresquito de la iglesia. Mucha gente pensó lo mismo porque estaba abarrotada. Pero no todo el mundo es tan práctico y aquella vez se trataba de un funeral. Como otras veces, se quedó un poco traspuesto hasta que el cura llegó a la homilía, en ese momento se despertó. Siendo un duelo lo que llevaba a tantas personas a la casa del Señor era normal que la homilía versara sobre lo ineludible de la muerte, sobre la certeza de que todos llegaremos a ella, más tarde o más temprano, sobre la vida contingente, sobre el juicio final ineluctable, sobre nuestros actos, los buenos y los malos, y sobre el Señor allí arriba sentado en el Reino de los Cielos, esperándonos. La imagen lo sobrecogió y sintió miedo. Asustado estaba cuando escuchó que el cura decía: “Polvo eres y en polvo te convertirás”. Y lo decía mirándolo fíjamente, vaciando con su mirada la iglesia, clavándole la frase en su cruz.

Se fue al campanario, entregado, y se dispuso a esperar a la noche. La calima arreciaba empujada por un viento poderoso, la caída del sol transformó el cielo en un inmenso océano anaranjado, en un océano desbocado que se tragó los azules y los blancos, los invadió sin dejar rastro; se transformó en un insondable misterio que lo rodeaba allí arriba en el campanario, en una epifanía de la vida y la muerte.

Esa noche se dispuso a dejarse ir, sabía que su tiempo había acabado. La calima febril insistía en llevarse el polvo que él fue y que sería. En su último latido no pensó en su mujer muerta hacía un año sino que imaginó una vida con Ana, la luminosa. Ya era tarde, la imagen de su esposa tiraba fuertemente de su brazo. A la mañana siguiente la extraña calima desapareció y con ella, cualquier vestigio de vida de la torre del campanario de la ciudad alta.

El perro.

La imprecisa avalancha de perdigones consiguió su objetivo, una vez más. Allá va el perro obediente, al galope, a buscar la presa. Se la regresa inerte a su amo, que la cuelga del cinto siguiendo la liturgia aprehendida de sus antepasados, ajeno a la lágrima que se descuelga del ojo del can.